Venía Tárrega de La Rambla (Córdoba), de pasar una temporada reponiéndose de su enfermedad y fue allí donde conoció al granadino Ruiz de Almodóvar que ejercía de registrador de la propiedad y quien lo invitó a venir a Granada; al día siguiente la Orquesta Sinfónica dirigida por el maestro Arbós daba un concierto en el Palacio de Carlos V y en la plaza de toros granadina lidiaban los toreros de moda: Bombita, Lagartijo y Camará.
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Lleva el placer al dolor
y el dolor lleva al placer;
¡vivir no es más que correr
eternamente alrededor
de la esfinge del amor!
Esfinge de forma rara
que no deja ver la cara…;
mas yo la he visto en secreto,
y es la esfinge un esqueleto
y el amor en muerte para.
Ganivet
“Idearium español” (Fragmentos)
Hemos tenido, después de períodos sin unidad de carácter, un período hispano-romano, otro hispano-visigótico, y otro hispano-árabe; el que les sigue será un período hispano-europeo, y otro hispano-colonial; los primeros de constitución, y el último de expansión.
Pero no hemos tenido un período español puro, en el cual nuestro espíritu, constituído ya, diese sus frutos en su propio territorio; y por no haberle tenido, la lógica de la Historia exige que lo tengamos, y que nos esforcemos por ser nosotros los iniciadores.
Importante es la acción de una raza por medio de la fuerza, pero es más importannte su acción ideal; y ésta alcanza sólo su apogeo cuando se abandona la acción exterior y se concentra dentro del territorio toda la vitalidad nacional.
[...]
Toda nuestra Historia demuestra que nuestros triunfos fueron debidos más a nuestra energía espiritual que a nuestra fuerza puesto que nuestras fuerzas siempre fueron inferiores a nuestras obras; no pretendemos hoy trocar los papeles y confiar a un poder puramente material nuestro porvenir.
Antes de salir de España hemos de forjar dentro del territorio ideas que guíen nuestra acción, porque caminar a ciegas no puede conducir más que a triunfos azarosos y efímeros, y a ciertos y definitivos desastres.
[...]
Y lo más original de este modo de expresión fue que, por nacer del choque de dos fuerzas, tenía que ser reflejo de ambas. Los españoles, al celebrar sus hazañas, lo hacían con espíritu cristiano, pues que con él y por él combatían; pero el ropaje de sus conceptos era en gran parte ajustado a la usanza mora.
El espíritu de los árabes, llegaba entonces a su apogeo, y era natural que influyese sobre el de los españoles, si ya no bastara el contacto de varios siglos y la guerra misma, que suele ser el medio más eficaz que tienen los pueblos para ejercer sus recíprocas influencias. De esa poesía popular, cristiana y arábiga a la vez, arábiga sin que lo arábigo desvirtúe lo cristiano, antes, dándole más brillante entonación, nacieron las tendencias más marcadas en el espíritu religioso español: El misticismo, que fue la exaltación poética, y el fanatismo, que fue la exaltación de la acción. El misticismo fue como una santificación de la sensualidad afriicana, y el fanatismo fue una reversión contra nosotros mismos, cuanto terminó la Reconquista, de la furia acumulada durante ocho siglos de combate. El mismo espíritu que se elevaba a los más sublimes conceptos, creaba instituciones formidables y terroríficas; y cuando queremos mostrar algo que marque con relieve nuestro carácteer tradicional, tenemos qu acudir, con aparente contrasentido, a los autos de fe y a los arrebatos de amor divino de Santa Teresa.
Pero no hemos tenido un período español puro, en el cual nuestro espíritu, constituído ya, diese sus frutos en su propio territorio; y por no haberle tenido, la lógica de la Historia exige que lo tengamos, y que nos esforcemos por ser nosotros los iniciadores.
Importante es la acción de una raza por medio de la fuerza, pero es más importannte su acción ideal; y ésta alcanza sólo su apogeo cuando se abandona la acción exterior y se concentra dentro del territorio toda la vitalidad nacional.
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Toda nuestra Historia demuestra que nuestros triunfos fueron debidos más a nuestra energía espiritual que a nuestra fuerza puesto que nuestras fuerzas siempre fueron inferiores a nuestras obras; no pretendemos hoy trocar los papeles y confiar a un poder puramente material nuestro porvenir.
Antes de salir de España hemos de forjar dentro del territorio ideas que guíen nuestra acción, porque caminar a ciegas no puede conducir más que a triunfos azarosos y efímeros, y a ciertos y definitivos desastres.
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Y lo más original de este modo de expresión fue que, por nacer del choque de dos fuerzas, tenía que ser reflejo de ambas. Los españoles, al celebrar sus hazañas, lo hacían con espíritu cristiano, pues que con él y por él combatían; pero el ropaje de sus conceptos era en gran parte ajustado a la usanza mora.
El espíritu de los árabes, llegaba entonces a su apogeo, y era natural que influyese sobre el de los españoles, si ya no bastara el contacto de varios siglos y la guerra misma, que suele ser el medio más eficaz que tienen los pueblos para ejercer sus recíprocas influencias. De esa poesía popular, cristiana y arábiga a la vez, arábiga sin que lo arábigo desvirtúe lo cristiano, antes, dándole más brillante entonación, nacieron las tendencias más marcadas en el espíritu religioso español: El misticismo, que fue la exaltación poética, y el fanatismo, que fue la exaltación de la acción. El misticismo fue como una santificación de la sensualidad afriicana, y el fanatismo fue una reversión contra nosotros mismos, cuanto terminó la Reconquista, de la furia acumulada durante ocho siglos de combate. El mismo espíritu que se elevaba a los más sublimes conceptos, creaba instituciones formidables y terroríficas; y cuando queremos mostrar algo que marque con relieve nuestro carácteer tradicional, tenemos qu acudir, con aparente contrasentido, a los autos de fe y a los arrebatos de amor divino de Santa Teresa.
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